Como muchas personas, el sentirme emocionado por estas fechas es algo inevitable,
es como si mágicamente incrementara la unión familiar, el compañerismo y el compartir
con los más cercanos; pero paralelo a todo eso nace aquello que me hace odiar
la navidad.
Quizá sean palabras fuertes decir “odiar la navidad” pero hay motivos que
impulsan a decirlo. Muchas personas ya no saben cómo reventar la gratificación
o la tarjeta de crédito, aprobada recientemente por tu entidad bancaria y sin
darte cuenta ya creció la necesidad de obsequiar algo.
Además, no te das cuenta que las calles están más abarrotadas de niños que
trabajan vendiendo golosinas, mandados por aquellos padres que se aprovechan de
ese sentimiento de “querer dar pena”, al igual que los ancianos pidiendo limosnas,
con las frases típicas: “ayúdame con tu voluntad” “necesito comer”, de cierta
manera se aprovechan estas fiestas para ablandar el corazón, porque en navidad
todo se perdona. Así como el incremento de la ola delincuencial, por cada
persona ya hay dos ladrones que necesitan de tu dinero, nunca falta el maldito
que tiene que robarte para regalarle algo a su “viejita”; no importa si tiene
que cortarte la yugular, porque es tiempo de regalar y no importa si llegara a
matarte con tal que tenga algo que obsequiar.
Nunca faltan las obras sociales de fin de año de personas filántropas que quieren
salvar su alma y organizan la típica chocolatada para llevarlo a los más pobres,
y en muchos casos tienen que estar anunciándolo en todas las redes sociales; y
ahí me surge una duda ¿Acaso esos niños no tienen que comer los otros 364 días
del año? ¿Se tiene que remarcar tanto la desigualdad social? Como decir que los
niños ricos llegarán a tener ese regalo que en muchas veces sobrepasa el sueldo
mínimo, y que mientras los niños pobres solo deben esperar la “obra social” de
fin de año. Si se quiere hacer una buena obra social, no es necesario hacer
alarde de ello y sobre todo no esperar solo estas fechas.
Y ¿Qué pasa con las personas que trabajan en las instituciones privadas y
públicas? La desigualdad toma presencia: Mientras que a los gerentes, directivos,
o aquellos que tienen cargos “importantes”, nunca les faltara la entrega de sus
canastas muy bien armadas con cosas costosas en muchos casos añaden un bono de
consumo generoso, pero ¿Qué pasa si eres de un puesto fácilmente reemplazable? Si
llegara a tocarte una canasta (que en muchos casos no es así, incluso debes
trabajar el mismo veinticinco), ésta será una batea o en el peor de los casos
una bolsa con productos básicos que la mayoría de veces es representada por una
botella de aceite, agua, un tarro de leche, un paquete de galleta soda entre
otras cosas como si fuéramos damnificados de un huayco.
En estas fechas se puede observar una diferencia social aberrante, si queremos hacer el bien, ¡hagámoslo! Pero sin
alarde de eso. Recordemos el verdadero propósito de estas fechas: compartir y
unirnos más con nuestras familias. Y recordemos una vez más: no todo gira en
torno a la comercialización.
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